Tuesday (6/28/22) - Ariosto and the Arabs, Reinaldos de Montalbán, and Orlando Furioso
Also included in that volume is the Parable of Cervantes and the Quixote.
"Weary of his land of Spain, an old soldier of the king's army sought solace in the vast geographies of Ariosto, in that valley of the moon in which one finds the time that is squandered by dreams, and in the golden idol of Muhammad stolen by Montalbán." - J.L.B. "Parable of Cervantes and the Quixote", The Maker (1960).
From Chapter I, Don Quixote:
"... he [Quijana] admired Reinaldos de Montalbán, especially when he saw him leave his castle and rob everybody he came across; and when he was overseas, he stole that idol of Muhammad, which was made entirely of gold, as his history states."
Reinaldos de Montalbán or Renaud de Montauban was a legendary knight and hero who appeared in a 12th-century Old French chanson de geste known as The Four Sons of Aymon. Renaud, as Rinaldo, is an important character in Italian Renaissance epics, including Morgante by Luigi Pulci, Orlando Innamorato by Matteo Maria Boiardo and Orlando Furioso by Ludovico Ariosto.
In Spain, Lope de Vega wrote a continuation of the epic (La hermosura de Angélica, 1602) as did Luis Barahona de Soto (Las lágrimas de Angélica, 1586). Góngora wrote a famous poem describing the idyllic honeymoon of Angelica and Medoro (En un pastoral albergue).[14] Orlando Furioso is mentioned among the romances in Don Quixote.[15] Among the interpolated stories within Don Quixote is a retelling of a tale from canto 43 regarding a man who tests the fidelity of his wife.
In the poem, la luna (The Moon), in that volume by Borges is another brief mention of Ariosto.
ARIOSTO Y LOS ÁRABES
Nadie puede escribir un libro. Para
que un libro sea verdaderamente,
se requieren la aurora y el poniente,
siglos, armas y el mar que une y separa.
Así lo pensó Ariosto, que al agrado
lento se dio, en el ocio de caminos
de claros mármoles y negros pinos,
de volver a soñar lo ya soñado.
El aire de su Italia estaba henchido
de sueños, que con formas de la guerra
que en duros siglos fatigó la tierra
urdieron la memoria y el olvido.
Una legión que se perdió en los valles
de Aquitania cayó en una emboscada;
así nació aquel sueño de una espada
y del cuerno que clama en Roncesvalles.
Sus ídolos y ejércitos el duro
sajón sobre los huertos de Inglaterra
dilató en apretada y torpe guerra
y de esas cosas quedó un sueño: Arturo.
De las islas boreales donde un ciego
sol desdibuja el mar, llegó aquel sueño
de una virgen dormida que a su dueño
aguarda, tras un círculo de fuego.
Quién sabe si de Persia o del Parnaso
vino aquel sueño del corcel alado
que por el aire el hechicero armado
urge y que se hunde en el desierto ocaso.
Como desde el corcel del hechicero,
Ariosto vio los reinos de la tierra
surcada por las fiestas de la guerra
y del joven amor aventurero.
Como a través de tenue bruma de oro
vio en el mundo un jardín que sus confines
dilata en otros íntimos jardines
para el amor de Angélica y Medoro.
Como los ilusorios esplendores
que al Indostán deja entrever el opio,
pasan por el Furioso los amores
en un desorden de calidoscopio.
Ni el amor ignoró ni la ironía
y soñó así, de pudoroso modo,
el singular castillo en el que todo
es (como en esta vida) una falsía.
Como a todo poeta, la fortuna
o el destino le dio una suerte rara;
iba por los caminos de Ferrara
y al mismo tiempo andaba por la luna.
Escoria de los sueños, indistinto
limo que el Nilo de los sueños deja,
con ellos fue tejida la madeja
de ese resplandeciente laberinto,
de ese enorme diamante en el que un hombre
puede perderse venturosamente
por ámbitos de música indolente,
más allá de su carne y de su nombre.
Europa entera se perdió. Por obra
de aquel ingenuo y malicioso arte,
Milton pudo llorar de Brandimarte
el fin y de Dalinda la zozobra.
Europa se perdió, pero otros dones
dio el vasto sueño a la famosa gente
que habita los desiertos del Oriente
y la noche cargada de leones.
De un rey que entrega, al despuntar el día,
su reina de una noche a la implacable
cimitarra, nos cuenta el deleitable
libro que al tiempo hechiza todavía.
Alas que son la brusca noche, crueles
garras de las que pende un elefante,
magnéticas montañas cuyo amante
abrazo despedaza los bajeles,
la tierra sostenida por un toro
y el toro por un pez; abracadabras,
talismanes y místicas palabras
que en el granito abren cavernas de oro;
esto soñó la sarracena gente
que sigue las banderas de Agramante;
esto, que vagos rostros con turbante
soñaron, se adueñó del Occidente.
Y el Orlando es ahora una risueña
región que alarga inhabitadas millas
de indolentes y ociosas maravillas
que son un sueño que ya nadie sueña.
Por islámicas artes reducido
a simple erudición, a mera historia,
está solo, soñándose. (La gloria
es una de las formas del olvido.)
Por el cristal ya pálido la incierta
luz de una tarde más toca el volumen
y otra vez arden y otra se consumen
los oros que envanecen la cubierta.
En la desierta sala el silencioso
libro viaja en el tiempo. Las auroras
quedan atrás y las nocturnas horas
y mi vida, este sueño presuroso.
Translated in SP by Eric MacHenry.
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